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Padre, sí; amigo, no

Relaciones padre - hijo

La mayoría de los padres actuales con hijos en edad escolar, pertenecemos a una generación que padecimos una educación con un modelo claramente autoritario y que hoy disfrazamos cayendo en cierta tendencia permisiva con nuestros hijos.

Desde pequeñitos sabíamos lo que estaba bien y lo que estaba mal, hasta dónde se podía llegar y hasta dónde no. En definitiva, nuestros padres nos enseñaron un sistema de valores que conocíamos y entendíamos. Sin embargo la educación, tanto por parte de las familias, como por parte del sistema educativo, se sustentaba en un modelo autoritario. Es decir, se introducían gran cantidad de reglas y normas, esperando una obediencia estricta sin explicación. Las cosas eran así porque el profesor lo decía, porque mi padre me lo había mandado, o simplemente porque sí.

Aún así, el modelo funcionaba. Y fuimos muchos los que sin grandes traumas aprendimos unos principios morales que nos ayudaron no sólo a vivir sino a integrarnos positivamente en nuestra sociedad.

Todavía recuerdo el gran respeto que me producía desobedecer a mis padres. El miedo a hacer algo mal en la calle, y que un señor o una señora me viesen y me amenazasen con decírselo a mi padre. ¡Qué diferencia con nuestros actuales días! Te ves que te arañan el coche y si te atreves a decirles algo…, te quedas con el miedo a que puedan decirles algo a sus padres.

¿Y los profesores? Esos siempre tenían la razón. Si te reñían sería por algo: - ¡Algo malo habrás hecho! -. Y que no quisieran hablar con mis padres…

Sin embargo, es cierto que aunque el modelo funcionara, creaba personas temerosas e inseguras. Y que en un mundo racional y en el que cada vez más se trata de convencer y no de imponer, el modelo hacía aguas por todas partes.

Muchos fueron los que se prometieron que esos comportamientos no los repetirían con sus hijos, y presas de una corriente comprehensiva y democrática cayeron en nuestro actual padecimiento, el modelo permisivo: el padre colega, el padre amigo o el padre esclavo de su hijo. Se pasó del sometimiento de la autoridad paterna al padecimiento de la tiranía de los hijos.

¿Y qué nos hizo llegar a este error? Las razones, aunque ya apuntadas, son diversas. En primer lugar deberíamos apuntar al complejo de repetir los roles vividos. En segundo lugar el haber entendido equivocadamente un modelo mucho más difícil de aplicar: el democrático.

Este modelo propugna una transmisión de los valores asentados en la reflexión conjunta padre-hijo. Procura la autonomía de los hijos al mismo tiempo que impone normas y reglas explicando las razones de las limitaciones y prohibiciones y procurando su cumplimiento. Y es esa la parte que algunos padres acostumbran a olvidar, la de exigir el cumplimiento de las normas, aunque posteriormente se le expliquen los porqués.

Otra parte importante de este modelo es el de la negociación. Los asuntos, problemas, normas,… se pueden negociar. Pero negociar es alcanzar por ambas partes acuerdos en las que ambas partes pierden algo en beneficio de un bien común. En esa negociación, es donde debemos hacer ver a nuestros hijos las razones de las normas. Pero además, no todo es negociable, y esto debe quedar muy claro desde el principio. Hay deberes y límites que nunca deben negociarse. Y este es otro error frecuente en los padres actuales. Los hijos deben conocer claramente los límites impuestos, y que éstos tienen un sentido, aceptándolos porque los comprenden.

¿Y en qué situación nos hayamos cuando estas normas y estos límites no están claramente definidos? Es el modelo que frecuentemente se conoce como el permisivo. El del padre-colega, víctima de la tiranía de su hijo. Padres que raramente son capaces de imponer límites y normas, y que no son capaces de imponer el cumplimiento de las normas a los hijos. Padres que ceden a los chantajes, a las pataletas y a las imposiciones de los hijos. Y ceden por comodidad, por cansancio o simplemente por impotencia.

Este padre amigo y colega se va haciendo desde que el hijo es muy pequeño, no imponiéndose desde el principio y cediendo a las pataletas. A todos se nos viene a la mente algún espectáculo vergonzoso que hemos tenido que presenciar en algún centro comercial, en el que algún padre se ha visto vencido por miedo a la vergüenza o al “qué dirán” cuando el pequeño ha montado el número. Y es que hay que tener claro que ante estas situaciones no se puede ceder, y que además como son fácilmente predecibles, es mejor negociar antes de salir a la calle y saber qué se va a hacer y cómo se va a actuar.

Estos padres amigos y colegas, son los que permiten absolutamente todo, pensando que siendo uno más de la pandilla de amigos, se podrán hacer con las situaciones, no siendo conscientes que poco a poco irán quedando al margen, no habiendo sido capaces de transmitir a sus hijos unos principios morales que les defiendan de los peligros de la propia vida.

Recuerdo que en mis años más difíciles de adolescencia, un amigo de mi padre le aconsejó con buena intención: - Sé más amigo de tu hijo -. A lo que mi padre respondió: - Es que no puedo ser su amigo porque soy su padre.

Ahora que yo soy el padre, entiendo lo que mi padre quiso decir. Porque es mucho más importante ser padre que ser amigo. También exige mucho más, y sobre todo exige responsabilidad, al mismo tiempo que comprensión y amor. Pero por encima de todo, de mucha capacidad de perdonar.

Se me viene a la cabeza ese dicho que dice: “Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito” y que yo utilizaba para explicar a los padres de mis alumnos el momento que se les avecinaba con la adolescencia de sus hijos. Sin embargo, todo ese cariño exige responsabilidad. La responsabilidad de poner límites, de acordar soluciones y sobre todo de responder por los actos personales.

Por José Ángel Suarez Palomo, Director de Primaria (Extraído del Boletín de Pastoral Familiar nº 19 de los Claretianos de Bética)